Cuando te das cuenta que todo va mal, que nada es como te gustaría que fuera, que vas como un zombie por la vida sin fijarte en nada, que eres la pieza defectuosa que no encaja en ese puzzle de mil piezas, que andas con la cabeza y piensas con los pies.
Que tu cielo se vuelve gris y tus nubes negras, que solo quieres que el tiempo pase rápido, que el semáforo está en rojo y aceleras al máximo en cuanto cambia a verde, que por la calle vas haciendo una carrera a contrarreloj aunque no tienes una meta fija, que el parque en el que has pasado tu infancia y tantos buenos momentos en tu adolescencia ahora solo es visitado por las hojas que caen de viejos árboles, que vayas donde vayas crees ver a las mismas personas todo el tiempo como si fueran sacados de fábricas.
Que ya no existe ese Romeo que trepa por tu balcón para poder robarte un simple beso, y que el único que te recibe en la puerta al llegar a casa es tu perro. Entonces es cuando quieres correr, escapar de todo, y dejar todo atrás.
Pero ese sería el camino fácil. Y a mi me gustan los retos.